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19 mayo, 2007

Trabajar más para ganar menos

Miércoles, 16 de mayo de 2007

Esteban Hernández. Madrid (El Confidencial).- Sarkozy puso de moda en la campaña el lema “Trabajar más para ganar más”. Pretendía ser su respuesta a la Francia socialista de las 35 horas y (también) una solución a la amenazante pérdida de poder adquisitivo habitual entre las clases medias. Para el ya Presidente de la República, una manera de detener la caída era dedicar más esfuerzo diario a cambio de una mayor retribución. Pero ¿es correcta esa clase de análisis? ¿Nuestro entorno laboral responde a esas coordenadas? Según los expertos, más bien nos espera un panorama dualizado, donde la mayoría de la población trabajará más y ganará menos, donde habrá mayor autoexigencia e individualización y también mayor amenaza de exclusión social cada vez más diseminada y presente en la vida social. Como cada vez es más frecuente emprender camino hacia abajo, el miedo a la caída también aumentará.

Así opina Luis Enrique Alonso, catedrático de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los más reputados analistas laborales españoles. Alonso acaba de publicar el más que interesante trabajo La crisis de la ciudadanía laboral (ed. Anthropos), el tercero de sus textos dedicados al trabajo, en el que nos narra el paso de una sociedad regulada por mecanismos que privilegiaban la solidez y la seguridad nacionales frente a otra, la del actual posfordismo, mucho más liviana y fragmentada.

En ese nuevo suelo acontecen los argumentos de Sarkozy, enmarcados dentro del discurso electoral del esfuerzo y el mérito que ha sido habitual dentro de la campaña francesa (y que lo será aún más en futuros procesos electivos), pero también ampliamente reproducidos dentro del ámbito laboral, en un marco que “dice privilegiar la autorresponsabilidad de las personas respecto de sus propias condiciones en el mercado laboral, y que se caracteriza en realidad por la promoción de la disponibilidad, de la flexibilidad, por la personalización de las biografías laborales, la disminución de la protección colectiva y el subrayado de la activación personal”.

Y es en ese contexto donde cuaja el discurso de Sarkozy, que en su formulación explícita tendría que ver con “la idea meritocrática de que quien gana más es porque trabaja más”, y que está mucho más relacionado en realidad, “con la intención de legitimar los grandes salarios de los ejecutivos, un razonamiento deudor de esa concepción anglosajona que ve apropiado que los altos cargos ganen muchísimo más que un asalariado medio, mientras que la idea tradicional keynesiana argumentaba que estos enormes sueldos no eran convenientes”. Aunque el problema de la distribución desigual de los ingresos no sería más que una de las posibles lecturas del problema, “ligada al interés de las clases más altas; porque las medias y las bajas están más preocupadas por encontrar seguridad y estabilidad en el trabajo”.

Ese temor de las clases medias a perder lo que tienen es el primer apoyo en el que Sarkozy, y el entorno neoconservador contemporáneo, se están apoyando electoralmente. En ese contexto laboral más inseguro, donde las biografías pierden la continuidad de tiempos pasados, mensajes como los de líder conservador francés, que reivindican el esfuerzo, la preparación y la mano dura parecen calar con más habitualidad que sus opuestos.

“Lo de Sarkozy es típico. Los discursos conservadores siempre han subrayado que la pérdida de la calidad del trabajo tiene como causa las libertades que se toma la gente, (“les das la mano y se acaban tomando el brazo”), que las malas condiciones de salario y tiempo se deben a los abusos del trabajador, que la gente que no trabaja es porque no quiere, etc. Así, se busca a la gente que lo está pasando mal y se les estigmatiza porque no se ha esforzado lo suficiente. Eso es lo que ha pasado en Francia, donde también se ha aprovechado el miedo de esas clases medias a perder su estabilidad para decir que cada uno gana lo que se merece, que si no se cobra más es porque no se merece más”.

Sin embargo, ese discurso que culpa a los excesos del Estado del bienestar de la mala situación actual (y que tiene a mayo de 68 como emblema primero) se produce en un tiempo en que “el estado del bienestar está desapareciendo. Si bien no ha dejado de existir en una medida absoluta, sí se han evaporado muchas de sus características. En ese tránsito actual desde la desmercatilización a la remercantilización, el Estado es ya más asistencialista que redistributivo”.

Y el tipo de acción estatal que nos espera es aquella que pretende reactivar los sistemas financieros y que ha sustituido sus prestaciones sociales por políticas de última contención, ofreciendo ayuda sólo a colectivos especialmente localizados y fragilizados. Es un Estado que hace hincapié en algo que llama la flexiseguridad, que consiste en eliminar la redistribución y dejar sólo un último residuo de seguridad para las capas que se encuentran en una situación desesperada de peor situación”.

Las transformaciones del trabajo

Alonso también acaba de editar, junto con Miguel Martínez Lucio, Catedrático de Relaciones Industriales en la Universidad de Bradford, Employment relations in a changing society (Palgrave MacMillan), imprescindible volumen que reúne a expertos británicos y españoles para analizar las transformaciones del trabajo y de la regulación social en el capitalismo contemporáneo. En él se examinan los cambios en las formas organizativas y en el mercado de trabajo, y las consecuencias que se derivan para el consumo, la estructura familiar y el género, además de para la representación colectiva.

En este último sentido, cabe afirmar que una de las novedades de mayor repercusión es la pérdida de importancia del sindicato. Cada vez es menor, además de su número de afiliados, su representatividad como institución. En buena medida porque no han sabido adecuarse a los tiempos, pero también porque el trabajo carece ya de la centralidad que se le atribuyó durante el Estado del bienestar. “Es difícil encontrar ya aquel sindicalismo de planta basado en grupos sociales homogéneos. Y ahora se tiende a llevar a cabo prácticas muy cercanas a sus afiliados (microcorporatismo) o a convertirse en sindicatos de sociedad, tratando de alcanzar políticas sociales en lugar de industriales. Como el trabajo se ha fragmentado y se ha hecho líquido, lo cierto es que los sindicatos están en el peor lugar. Parecen ser un último residuo de lo social que se afirma sobre nichos muy concretos o defendiendo una negociación de mínimos frente al Estado”.

En tanto que institución de la modernidad, el sindicato defendía el trabajo del varón nacional, blanco, padre de familia, pivote de la existencia social. Sus teóricos sustitutos, los movimientos sociales, parecen haber olvidado la centralidad del empleo como reivindicación, privilegiando la defensa de minorías antes invisibles. Sin embargo, su acción carece de la intensidad e influencia que caracterizó al sindicato. “Las relaciones entre unos y otros han sido conflictivas, lo que por una parte ha enriquecido a los sindicatos y por otra los ha bloqueado”. El problema, para Luis Enrique Alonso, es que “el papel de una ciudadanía no ligada a la representación o al trabajador fijo, más activa, construida desde la participación, puede ser válido, pero eso no se consigue destrozando el antiguo concepto de ciudadanía, como hacen los liberales o los posmodernos. Se trata de ampliar la ciudadanía laboral y no de destruirla”.

http://www.elconfidencial.com/ocio/indice.asp?id=4656

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